Andanza CXXXVIII: Sangüesa
Día: 23/11/2025
Si la memoria no nos falla, que posiblemente sí, nos parece recordar que en alguna otra ocasión hemos hecho mención aquí a ese refrán tan castizo que dice: “Sarna con gusto no pica”, en referencia al esfuerzo y sacrificio que nos está costando la consumación de estas andanzas, pero como parece ser que de ello venimos sacando cierto regusto, la picazón la sobrellevamos estoicamente. Sin embargo, hay otra variante del dicho, esa que dice: “Sarna con gusto no pica, pero mortifica”.
La mortificación o el martirio, que a veces viene a ser parecido, es más bien cosa de santos. Al menos, los más famosos, han llegado a la santidad por la vía del martirio, algunos voluntarios, otros sin tener muchas ganas. Nosotros, aunque somos poco virtuosos, en cierta manera, sí tenemos algo de mártires vocacionales, porque, sino, quién no ha mandado meternos en este berenjenal, del que no terminamos de ver el final, si es que algún día llegamos a completarlo antes de que nos alcance la decrepitud, que está a la vuelta de la esquina.
Pero algo de certeza tiene ese gusto que dicen que da la sarna; además, nuestro proceder de automartirio nos parece verlo reflejado en las hazañas de alguno de esos venerables virtuosos, que es mucho ver y mucho imaginar. Casualmente, hoy nos lo ha puesto a huevo san Francisco de Asís, en pura coincidencia con las visitas programadas según el guión alfabético que cumplimos. Y es que en esta jornada nos toca hacerle los honores a Sangüesa, y Sangüesa no sólo es Sangüesa, en el paquete se incluyen sus concejos: Gabarderal y Rocaforte.
Dicen sus biógrafos que san Francisco fue golfo en su juventud, después llegó a santo y también opositó como aspirante a mártir, y estuvo en Rocaforte, cuando se llamaba Sangüesa la Vieja. De las golferías de san Francisco cuando era mozo no vamos a entrar en detalle, pues debieron ser las normales de los chavales de su edad, económicamente bien situados. Sin embargo, cuando se hizo pobre, por voluntad propia, además de renunciar a los bienes materiales, también pensó que era buena idea lo de hacerse mártir y que la mejor manera de conseguirlo era yéndose a predicar a tierra de infieles, y como donde más a mano le quedaban los moros era en la Península Ibérica, se vino para acá.
Y aunque también hay quien dice que san Francisco vino a la Península para hacer el Camino de Santiago, a nosotros nos viene mejor para sustanciar este cuento la versión que sostiene que acudió para convencer a los musulmanes de los beneficios del cristianismo, aun conociendo su poca credulidad y las consecuencias de intentar adoctrinarlos. El caso es que parece ser que entró por Roncesvalles acompañado por algún discípulo y terminó haciendo parada y fonda en Rocaforte. En el lugar fundó un rudimentario convento, dejó a un becario atendiendo a un enfermo que apareció por allí y él se fue a explicarles a los mahometanos que estaban equivocados.
Si san Francisco pretendía el martirio no lo consiguió. Antes de llegar a los dominios de los sarracenos se puso malo y se jodió el intento. Se tuvo que volver a casa, pero en Rocaforte se mantuvo ese embrión de convento que, a día de hoy, se conserva conocido como el eremitorio de san Bartolomé, un poco ajado y sin monjes ni ermitaño, pero donde los vecinos hacen una romería y se acuerdan del bueno de san Francisco, y hasta le atribuyen algún milagro hortelano, pues se dice que plantó su cayado y creció una morera que todavía dura.
San Francisco no alcanzó el martirio que buscaba pero nosotros en ello andamos a, nuestra manera, con muchos años de tormento vocacional pero también de gozo encima de la moto, como dice el refrán. De todas formas, las visitas de hoy tienen más de lo segundo que de lo primero, porque Sangüesa es de esos pueblos atiborrados de cosas que ver. No hay calle que no tenga su monumento, de andar por casa o espectacular.
Con las fuerzas íntegras iniciamos nuestra andadura en la propia Sangüesa, capital de la merindad de su mismo nombre. La villa se sitúa en la Navarra Media Oriental, limítrofe con Zaragoza y vecina de Sos del Rey Católico. Se alza a orillas de río Aragón, cuyas aguas la acurrucan de norte a sur, pero también le han dado más de un disgusto cuando se ponen bravías. Nosotros hacemos acto de presencia desde la NA-132, viniendo de Aíbar. Cuando esta carretera se deja caer en las proximidades, de entre la arboleda del soto del río, que oculta la mayor parte de la población, se yergue inhiesta la torre de la iglesia románica de Santa María la Real, y por su prestancia, cualquier viajero entiende enseguida que aquí hay enjundia monumental.
Y no se equivoca. La iglesia está nada más pasar el puente metálico que emboca hacía la calle Mayor, pero los forasteros tenemos que aparcar por aquí, antes de acceder al casco antiguo, para que las cámaras no te propongan para sanción, aunque con la moto no hay problema, porque hay sitio casi al lado del templo. El edificio es unos de los monumentos más destacados de Navarra y requiere una contemplación exhaustiva, sobre todo la portada, cuya temática iconográfica da para escribir un libro. Con la intención de protegerla, se la ha enmarcado con una estructura metálica, que desdice un poco, pero todo sea por su salud.
La calle Mayor o rúa de los Peregrinos no tiene desperdicio, caserones y palacetes la jalonan, y provocan una saturación de los sentidos. Hay tanto que ver que, finalmente, la capacidad de percepción termina por rebosar y saturarse. Tanto atractivo no se puede asimilar de golpe, en una visita rápida. Además, para aderezar esta abundancia está el resto del casco histórico, como la avenida del Príncipe de Viana, que presume de un palacio fortificado, antiguo cobijo real. Nos dejamos en el tintero otros palacios, casonas, iglesias y conventos, porque esto no da para más y nos vamos a tomar un respiro en un bar de la calle Mayor que tiene buena pinta.
Una vez procesada toda la información instructiva adquirida con la ayuda de un refrigerio, partimos para Gabarderal, que está al sur de Sangüesa, a unos cuatro kilómetros. Gabarderal es un concejo pequeño, que supera por poco los 130 habitantes. El poblado fue construido en el año 1960 por el antiguo Instituto Nacional de Colonización, con la idea de aprovechar una zona de regadío originada por el Canal de las Bardenas, erigiéndose inicialmente 26 viviendas para los nuevos colonos, en su mayor parte provenientes de Tudela y Buñuel, también de Aragón, algunos de Tierra Estella y otros de la propia Sangüesa. A los colonos originarios, además de la casa, se les adjudicaron 10 hectáreas de tierra con sus correspondientes aperos de labranza, incluido un animal de tiro y una vaca.
En la actualidad, Gabarderal es un pueblecito ordenado, ajardinado y cuidado por sus habitantes, con un aspecto muy diferente al del poblado agrícola que fue. Dentro de su ordenamiento reticular, destaca la iglesia de Santa Eulalia, edificada a la vez que las primeras viviendas y situada junto a la carretera NA-5342, cuyo elemento más destacable es su torre, casi exenta, aunque unida al cuerpo principal del edificio por galerías cubiertas.
De Gabarderal volvemos a Sangüesa la Nueva para, bordeándola, subir hasta Sangüesa la Vieja o Rocaforte, en las alturas y dominando el cotarro. Porque aquí hubo castillo dominante, en el que, parece ser, nació el rey de Pamplona Sancho Garcés I, cuando esto era tierra de frontera disputada entre cristianos y musulmanes, pero también con el vecino aragonés. A día de hoy, Rocaforte solamente domina el paisaje, ha perdido el ardor guerrero y el sosiego se respira entre las bien cuidadas calles del lugar, ensortijadas, empinadas, amuebladas con casas de piedra, algunas con cientos de años bajo sus tejas, otras casi recién nacidas pero construidas para no desdecir.
En estas alturas el horizonte es amplio, la papelera de Sangüesa, a los pies de Rocaforte, humea que se las pela, pero dicen que es humo sostenible, del bueno. Un poco más allá se ve Sangüesa la Nueva, la hija pródiga que escapó del encumbramiento. Desde el antiguo convento de san Francisco, a la derecha según se sube, también hay buenas vistas, tan buenas que nos hacen olvidar nuestro presunto martirio y el parangón con el santo. Es más el gusto que la sarna, así que seguiremos rascándonos esos baladíes picores producidos por nuestro ir y venir por Navarra.























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