Andanza CXXXVII: San Adrián
Día: 19/09/2025
Por si eran pocas las motos utilizadas como apoyo logístico en la ejecución de nuestras andanzas… parió la abuela. Y es que hoy damos la bienvenida a estas labores a la Vespa PX 200 E Iris, Betty Boop Special Edition (cosecha propia), que fue rescatada in extremis del purgatorio de las motos, donde se encontraba desde hacía muchos meses por accidente de su antiguo propietario (quien escapó sólo con contusiones), pero la moto sí salió malparada y con muchas posibilidades de acabar en el infierno del desguace. Ahora, a punto de cumplir los 40 años, tras una tediosa restauración, regresa al mundo de los vivos y nos acompañará, de vez en cuando, dentro de sus humildes prestaciones, por los caminos de Navarra.
Pero, como recién llegada, precisa de una presentación. Empecemos por el principio. La Vespa nació como un engendro, diseñada en 1946 por Corradino D’Ascanio, un ingeniero reciclado desde la aeronáutica que “odiaba las motos” y por eso concibió una “antimoto”, con carrocería portante y sin motor a la vista, más limpia que una moto tradicional, sencilla y económica, un vehículo apto para los tiempos de postguerra. Parece ser que el nombre de Vespa (avispa en italiano), le viene por la forma de su carrocería vista desde arriba y por el ronroneo de su motor, que en sus primeros modelos recordaban al insecto, o al menos eso le pareció al fabricante Enrico Piaggio, según cuenta la leyenda.
Nuestra Vespa es de origen nacional, de las que se fabricaron en Madrid a partir de 1953 por la filial española Moto Vespa S.A., empresa que pasó a mejor vida en 1996. La Vespa PX 200 E fue lanzada al mercado en la década de los 80 y pronto se convirtió en un icono, con un estilo clásico, que acabó representando el final de una época, antes de la llegada de las motos con mucho plástico. Y esta es nuestra modesta Vespa, que no se arredra ante sus compañeras de garaje, más jóvenes, de mucho renombre, mayores prestaciones y algo estiradas. Será porque la veteranía es un grado.
Cierto es que cargarle los lomos a la Betty Boop con el peso de la humanidad de dos personas adultas es un modo de tortura, pero no se queja. Tampoco el suplicio de hoy es mucho, sólo nos ha de soportar hasta San Adrián y vuelta. Camino del lugar nos hará disfrutar de las cosas sencillas, del zumbido tan característico e inconfundible de su motor, del paisaje a baja velocidad, de la simpleza mecánica, de la precariedad de accesorios, de lo modesto, de rodar sin pretensiones. La sencillez no es pobreza, sino la riqueza de algo genuino y austero, donde lo preciso es más que suficiente.
A veces, la felicidad la proporcionan las pequeñas cosas, pues llevan aparejada la virtud de lo sobrio. En Vespa, la elegancia de lo mondo y lirondo se presta sobradamente para cumplir con las expectativas de un viaje, aunque sea corto; si bien, también puede cumplirlas en otros trayectos más aventurados, pues ya hay quien se ha dado la vuelta al mundo en esta moto y no ha fenecido en el intento. Nosotros, para empezar, seremos misericordiosos, y aunque la Vespa luce casi como nueva, su motor es el de origen y va cargado con casi 50.000 kilómetros, todo de serie, que para un motor de dos tiempos y 200 c.c. son kilómetros, aunque, por ahora, lleva la vejez muy dignamente.
Patada y a la primera el típico petardeo resuena y nos hace retroceder unos cuantos años. A cuando las carreteras estaban infestadas de vespas y olía a aceite de motor de dos tiempos, aquellos en los que todavía no se había inventado ni siquiera la normativa Euro 1 y los vehículos campaban a sus anchas humeando a diestro y siniestro. De todas formas, nuestra Vespa está bien carburada, y aunque perfuma el ambiente con ese tufillo a Castrol tan característico y hasta que se pone a tono también deja una estela blanca, es bastante respetuosa con el medio ambiente para su edad, o al menos eso nos parece, o eso queremos creer.
No es que la carretera NA-122 sea de lo mejor para disfrutar de la Vespa camino de San Adrián, pero para ser condescendientes con ella, por aquí es lo más corto, con sus casi 30 kilómetros de viaje. A ritmo cansino, respetando mucho, pero que mucho, la velocidad reglamentaria, nos plantamos en San Adrián en poco más de media hora. El río Ega, que nos ha acompañado durante el camino, en San Adrián se hace uno con el Ebro, y éste, a su vez, se encarga de marcar el límite de la villa y de Navarra con La Rioja, pues Calahorra se encuentra a tiro de piedra una vez cruzado el puente que separa las dos comunidades.
San Adrián en un pueblo de ribera, de la Ribera Alta, de la Merindad de Estella, y cumple con los cánones de todo pueblo de ribera. Tiene unos 6500 habitantes, conocidos como adrianeses o aguachinaos. Este último gentilicio parece que se lo endosaron a los de San Adrián con motivo de la concurrencia de los dos ríos en su término y la abundancia de aguas. Eso de que los de San Adrián estén aguachinados por exceso de líquido parece chascarrillo de los vecinos envidiosos, porque sus gentes ni están aguadas, ni son insípidas, ni han perdido sustancia, sino todo lo contrario. San Adrián es un pueblo acogedor, abierto e industrioso.
Industrioso, sobre todo, por la agricultura de huerta y sus derivados, por sus fábricas de conservas e industrias afines, que le han dado vigor, especialmente a partir de los años 20 del pasado siglo, cuando se inició un crecimiento poblacional que convirtió a San Adrián en la capital de la Ribera Alta, superando en población a Lodosa, que ostentó este título hasta los años 60. De la antigua industria conservera queda como recuerdo la esbelta chimenea de ladrillo mantenida en la plaza Fructuoso Muerza, memoria de una de las primeras fábricas que funcionaron en la localidad.
San Adrián no es un pueblo monumental. Tiene sus callejuelas y sus plazas, plazas que son el centro neurálgico, como la ya referida de Fructuoso Muerza, bulliciosa y en la que multitud de parroquianos se dan cita al amor de sus bares. La plaza Vera Magallón también congrega gentes, aunque menos, pues es cruce de caminos para el tráfico rodado. Aquí se encuentra la iglesia nueva, la de san Adrián, el santo que ha dado nombre al pueblo, un edificio imponente de ladrillo, con un rosetón en su fachada principal de lo más colorido, para animar el monótono tono rojizo del ladrillo.
Para despedir la jornada en San Adrián no hay como subirse al altillo donde se encuentra la iglesia vieja, la de la Virgen de la Palma, en una explanada de la calle Palacio, en la parte antigua. Allí se puede contemplar este magnífico templo renacentista, de mediados del siglo XVI, también construido en ladrillo, excepto el basamento de su fachada y portada, hecha en piedra, con arco de medio punto y una hornacina encima en la que se ha subido el santo patrón, con gesto bizarro pero con la cara que se le puso cuando se enteró que iba a ser mártir. Mejor cara se nos ha puesto a nosotros admirando el formidable paisaje que desde aquí se otea. Se ven todos los tejados de San Adrián, los de Calahorra a lo lejos, y las verdes vegas del Ega y del Ebro extendiéndose hasta el fin del horizonte.












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