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domingo, 9 de agosto de 2026

Sangüesa/Zangoza

Andanza CXXXVIII: Sangüesa

Día: 23/11/2025

Si la memoria no nos falla, que posiblemente sí, nos parece recordar que en alguna otra ocasión hemos hecho mención aquí a ese refrán tan castizo que dice: “Sarna con gusto no pica”, en referencia al esfuerzo y sacrificio que nos está costando la consumación de estas andanzas, pero como parece ser que de ello venimos sacando cierto regusto, la picazón la sobrellevamos estoicamente. Sin embargo, hay otra variante del dicho, esa que dice: “Sarna con gusto no pica, pero mortifica”. 

La mortificación o el martirio, que a veces viene a ser parecido, es más bien cosa de santos. Al menos, los más famosos, han llegado a la santidad por la vía del martirio, algunos voluntarios, otros sin tener muchas ganas. Nosotros, aunque somos poco virtuosos, en cierta manera, sí tenemos algo de mártires vocacionales, porque, sino, quién nos ha mandado meternos en este berenjenal, del que no terminamos de ver el final, si es que algún día llegamos a completarlo antes de que nos alcance la decrepitud, que está  a la vuelta de la esquina.





Pero algo de certeza tiene ese gusto que dicen que da la sarna; además, nuestro proceder de automartirio nos parece verlo reflejado en las hazañas de alguno de esos venerables virtuosos, que es mucho ver y mucho imaginar. Casualmente, hoy nos lo ha puesto a huevo san Francisco de Asís, en pura coincidencia con las visitas programadas según el guión alfabético que cumplimos. Y es que en esta jornada nos toca hacerle los honores a Sangüesa, y Sangüesa no sólo es Sangüesa, en el paquete se incluyen sus concejos: Gabarderal y Rocaforte.




Dicen sus biógrafos que san Francisco fue golfo en su juventud, después llegó a santo y también opositó como aspirante a mártir, y estuvo en Rocaforte, cuando se llamaba Sangüesa la Vieja. De las golferías de san Francisco cuando era mozo no vamos a entrar en detalle, pues debieron ser las normales de los chavales de su edad, económicamente bien situados. Sin embargo, cuando se hizo pobre, por voluntad propia, además de renunciar a los bienes materiales, también pensó que era buena idea lo de hacerse mártir y que la mejor manera de conseguirlo era yéndose a predicar a tierra de infieles, y como donde más a mano le quedaban los moros era en la Península Ibérica, se vino para acá.

Y aunque también hay quien dice que san Francisco vino a la Península para hacer el Camino de Santiago, a nosotros nos viene mejor para sustanciar este cuento la versión que sostiene que acudió para convencer a los musulmanes de los beneficios del cristianismo, aun conociendo su poca credulidad y las consecuencias de intentar adoctrinarlos. El caso es que parece ser que entró por Roncesvalles acompañado por algún discípulo y terminó haciendo parada y fonda en Rocaforte. En el lugar fundó un rudimentario convento, dejó a un becario atendiendo a un enfermo que apareció por allí y él se fue a explicarles a los mahometanos que estaban equivocados.



Si san Francisco pretendía el martirio no lo consiguió. Antes de llegar a los dominios de los sarracenos se puso malo y se jodió el intento. Se tuvo que volver a casa, pero en Rocaforte se mantuvo ese embrión de convento que, a día de hoy, se conserva conocido como el eremitorio de san Bartolomé, un poco ajado y sin monjes ni ermitaño, pero donde los vecinos hacen una romería y se acuerdan del bueno de san Francisco, y hasta le atribuyen algún milagro hortelano, pues se dice que plantó su cayado y creció una morera que todavía dura.

San Francisco no alcanzó el martirio que buscaba pero nosotros en ello andamos a, nuestra manera, con muchos años de tormento vocacional pero también de gozo encima de la moto, como dice el refrán. De todas formas, las visitas de hoy tienen más de lo segundo que de lo primero, porque Sangüesa es de esos pueblos atiborrados de cosas que ver. No hay calle que no tenga su monumento, de andar por casa o espectacular.

Con las fuerzas íntegras iniciamos nuestra andadura en la propia Sangüesa, capital de la merindad de su mismo nombre. La villa se sitúa en la Navarra Media Oriental, limítrofe con Zaragoza y vecina de Sos del Rey Católico. Se alza a orillas de río Aragón, cuyas aguas la acurrucan de norte a sur, pero también le han dado más de un disgusto cuando se ponen bravías. Nosotros hacemos acto de presencia desde la NA-132, viniendo de Aíbar. Cuando esta carretera se deja caer en las proximidades, de entre la arboleda del soto del río, que oculta la mayor parte de la población, se yergue inhiesta la torre de la iglesia románica de Santa María la Real, y por su prestancia, cualquier viajero entiende enseguida que aquí hay enjundia monumental.


Y no se equivoca. La iglesia está nada más pasar el puente metálico que emboca hacía la calle Mayor, pero los forasteros tenemos que aparcar por aquí, antes de acceder al casco antiguo, para que las cámaras no te propongan para sanción, aunque con la moto no hay problema, porque hay sitio casi al lado del templo. El edificio es unos de los monumentos más destacados de Navarra y requiere una contemplación exhaustiva, sobre todo la portada, cuya temática iconográfica da para escribir un libro. Con la intención de protegerla, se la ha enmarcado con una estructura metálica, que desdice un poco, pero todo sea por su salud.

La calle Mayor o rúa de los Peregrinos no tiene desperdicio, caserones y palacetes la jalonan, y provocan una saturación de los sentidos. Hay tanto que ver que, finalmente, la capacidad de percepción termina por rebosar y saturarse. Tanto atractivo no se puede asimilar de golpe, en una visita rápida. Además, para aderezar esta abundancia está el resto del casco histórico, como la avenida del Príncipe de Viana, que presume de un palacio fortificado, antiguo cobijo real. Nos dejamos en el tintero otros palacios, casonas, iglesias y conventos, porque esto no da para más y nos vamos a tomar un respiro en un bar de la calle Mayor que tiene buena pinta.

Una vez procesada toda la información instructiva adquirida con la ayuda de un refrigerio, partimos para Gabarderal, que está al sur de Sangüesa, a unos cuatro kilómetros. Gabarderal es un concejo pequeño, que supera por poco los 130 habitantes. El poblado fue construido en el año 1960 por el antiguo Instituto Nacional de Colonización, con la idea de aprovechar una zona de regadío originada por el Canal de las Bardenas, erigiéndose inicialmente 26 viviendas para los nuevos colonos, en su mayor parte provenientes de Tudela y Buñuel, también de Aragón, algunos de Tierra Estella y otros de la propia Sangüesa. A los colonos originarios, además de la casa, se les adjudicaron 10 hectáreas de tierra con sus correspondientes aperos de labranza, incluido un animal de tiro y una vaca.

En la actualidad, Gabarderal es un pueblecito ordenado, ajardinado y cuidado por sus habitantes, con un aspecto muy diferente al del poblado agrícola que fue. Dentro de su ordenamiento reticular, destaca la iglesia de Santa Eulalia, edificada a la vez que las primeras viviendas y situada junto a la carretera NA-5342, cuyo elemento más destacable es su torre, casi exenta, aunque unida al cuerpo principal del edificio por galerías cubiertas.

De Gabarderal volvemos a Sangüesa la Nueva para, bordeándola, subir hasta Sangüesa la Vieja o Rocaforte, en las alturas y dominando el cotarro. Porque aquí hubo castillo dominante, en el que, parece ser, nació el rey de Pamplona Sancho Garcés I, cuando esto era tierra de frontera disputada entre cristianos y musulmanes, pero también con el vecino aragonés. A día de hoy, Rocaforte solamente domina el paisaje, ha perdido el ardor guerrero y el sosiego se respira entre las bien cuidadas calles del lugar, ensortijadas, empinadas, amuebladas con casas de piedra, algunas con cientos de años bajo sus tejas, otras casi recién nacidas pero construidas para no desdecir.

En estas alturas el horizonte es amplio, la papelera de Sangüesa, a los pies de Rocaforte, humea que se las pela, pero dicen que es humo sostenible, del bueno. Un poco más allá se ve Sangüesa la Nueva, la hija pródiga que escapó del encumbramiento. Desde el antiguo convento de san Francisco, a la derecha según se sube, también hay buenas vistas, tan buenas que nos hacen olvidar nuestro presunto martirio y el parangón con el santo. Es más el gusto que la sarna, así que seguiremos rascándonos esos baladíes picores producidos por nuestro ir y venir por Navarra.










































































































miércoles, 25 de marzo de 2026

San Adrián

Andanza CXXXVII: San Adrián

Día: 19/09/2025

Por si eran pocas las motos utilizadas como apoyo logístico en la ejecución de nuestras andanzas… parió la abuela. Y es que hoy damos la bienvenida a estas labores a la Vespa PX 200 E Iris, Betty Boop Special Edition (cosecha propia), que fue rescatada in extremis del purgatorio de las motos, donde se encontraba desde hacía muchos meses por accidente de su antiguo propietario (quien escapó sólo con contusiones), pero la moto sí salió malparada y con muchas posibilidades de acabar en el infierno del desguace. Ahora, a punto de cumplir los 40 años, tras una tediosa restauración, regresa al mundo de los vivos y nos acompañará, de vez en cuando, dentro de sus humildes prestaciones, por los caminos de Navarra.

Pero, como recién llegada, precisa de una presentación. Empecemos por el principio. La Vespa nació como un engendro, diseñada en 1946 por Corradino D’Ascanio, un ingeniero reciclado desde la aeronáutica que “odiaba las motos” y por eso concibió una “antimoto”, con carrocería portante y sin motor a la vista, más limpia que una moto tradicional, sencilla y económica, un vehículo apto para los tiempos de postguerra. Parece ser que el nombre de Vespa (avispa en italiano), le viene por la forma de su carrocería vista desde arriba y por el ronroneo de su motor, que en sus primeros modelos recordaban al insecto, o al menos eso le pareció al fabricante Enrico Piaggio, según cuenta la leyenda.

Nuestra Vespa es de origen nacional, de las que se fabricaron en Madrid a partir de 1953 por la filial española Moto Vespa S.A., empresa que pasó a mejor vida en 1996. La Vespa PX 200 E fue lanzada al mercado en la década de los 80 y pronto se convirtió en un icono, con un estilo clásico, que acabó representando el final de una época, antes de la llegada de las motos con mucho plástico. Y esta es nuestra modesta Vespa, que no se arredra ante sus compañeras de garaje, más jóvenes, de mucho renombre, mayores prestaciones y algo estiradas. Será porque la veteranía es un grado.


Cierto es que cargarle los lomos a la Betty Boop con el peso de la humanidad de dos personas adultas es un modo de tortura, pero no se queja. Tampoco el suplicio de hoy es mucho, sólo nos ha de soportar hasta San Adrián y vuelta. Camino del lugar nos hará disfrutar de las cosas sencillas, del zumbido tan característico e inconfundible de su motor, del paisaje a baja velocidad, de la simpleza mecánica, de la precariedad de accesorios, de lo modesto, de rodar sin pretensiones. La sencillez no es pobreza, sino la riqueza de algo genuino y austero, donde lo preciso es más que suficiente.



A veces, la felicidad la proporcionan las pequeñas cosas, pues llevan aparejada la virtud de lo sobrio. En Vespa, la elegancia de lo mondo y lirondo se presta sobradamente para cumplir con las expectativas de un viaje, aunque sea corto; si bien, también puede cumplirlas en otros trayectos más aventurados, pues ya hay quien se ha dado la vuelta al mundo en esta moto y no ha fenecido en el intento. Nosotros, para empezar, seremos misericordiosos, y aunque la Vespa luce casi como nueva, su motor es el de origen y va cargado con casi 50.000 kilómetros, todo de serie, que para un motor de dos tiempos y 200 c.c. son kilómetros, aunque, por ahora, lleva la vejez muy dignamente.



Patada y a la primera el típico petardeo resuena y nos hace retroceder unos cuantos años. A cuando las carreteras estaban infestadas de vespas y olía a aceite de motor de dos tiempos, aquellos en los que todavía no se había inventado ni siquiera la normativa Euro 1 y los vehículos campaban a sus anchas humeando a diestro y siniestro. De todas formas, nuestra Vespa está bien carburada, y aunque perfuma el ambiente con ese tufillo a Castrol tan característico y hasta que se pone a tono también deja una estela blanca, es bastante respetuosa con el medio ambiente para su edad, o al menos eso nos parece, o eso queremos creer.

No es que la carretera NA-122 sea de lo mejor para disfrutar de la Vespa camino de San Adrián, pero para ser condescendientes con ella, por aquí es lo más corto, con sus casi 30 kilómetros de viaje. A ritmo cansino, respetando mucho, pero que mucho, la velocidad reglamentaria, nos plantamos en San Adrián en poco más de media hora. El río Ega, que nos ha acompañado durante el camino, en San Adrián se hace uno con el Ebro, y éste, a su vez, se encarga de marcar el límite de la villa y de Navarra con La Rioja, pues Calahorra se encuentra a tiro de piedra una vez cruzado el puente que separa las dos comunidades.



San Adrián en un pueblo de ribera, de la Ribera Alta, de la Merindad de Estella, y cumple con los cánones de todo pueblo de ribera. Tiene unos 6500 habitantes, conocidos como adrianeses o aguachinaos. Este último gentilicio parece que se lo endosaron a los de San Adrián con motivo de la concurrencia de los dos ríos en su término y la abundancia de aguas. Eso de que los de San Adrián estén aguachinados por exceso de líquido parece chascarrillo de los vecinos envidiosos, porque sus gentes ni están aguadas, ni son insípidas, ni han perdido sustancia, sino todo lo contrario. San Adrián es un pueblo acogedor, abierto e industrioso.



Industrioso, sobre todo, por la agricultura de huerta y sus derivados, por sus fábricas de conservas e industrias afines, que le han dado vigor, especialmente a partir de los años 20 del pasado siglo, cuando se inició un crecimiento poblacional que convirtió a San Adrián en la capital de la Ribera Alta, superando en población a Lodosa, que ostentó este título hasta los años 60. De la antigua industria conservera queda como recuerdo la esbelta chimenea de ladrillo mantenida en la plaza Fructuoso Muerza, memoria de una de las primeras fábricas que funcionaron en la localidad.

San Adrián no es un pueblo monumental. Tiene sus callejuelas y sus plazas, plazas que son el centro neurálgico, como la ya referida de Fructuoso Muerza, bulliciosa y en la que multitud de parroquianos se dan cita al amor de sus bares. La plaza Vera Magallón también congrega gentes, aunque menos, pues es cruce de caminos para el tráfico rodado. Aquí se encuentra la iglesia nueva, la de san Adrián, el santo que ha dado nombre al pueblo, un edificio imponente de ladrillo, con un rosetón en su fachada principal de lo más colorido, para animar el monótono tono rojizo del ladrillo.

Para despedir la jornada en San Adrián no hay como subirse al altillo donde se encuentra la iglesia vieja, la de la Virgen de la Palma, en una explanada de la calle Palacio, en la parte antigua. Allí se puede contemplar este magnífico templo renacentista, de mediados del siglo XVI,  también construido en ladrillo, excepto el basamento de su fachada y portada, hecha en piedra, con arco de medio punto y una hornacina encima en la que se ha subido el santo patrón, con gesto bizarro pero con la cara que se le puso cuando se enteró que iba a ser mártir. Mejor cara se nos ha puesto a nosotros admirando el formidable paisaje que desde aquí se otea. Se ven todos los tejados de San Adrián, los de Calahorra a lo lejos, y las verdes vegas del Ega y del Ebro extendiéndose hasta el fin del horizonte.



miércoles, 4 de febrero de 2026

Saldías - Salinas de Oro/Jaitz

Andanza CXXXVI: Saldías - Salinas de Oro/Jaitz

Día: 18/09/2025


La culpa de que hayamos perdido la cuenta de las ocasiones en las que hemos invocado aquí a la Arcadia Feliz la tiene la Navarra rural, bucólica y pastoril, con la que tantas veces nos topamos en el día a día de estas andanzas, por asimilación de conceptos entre la Arcadia del mito y la Navarra real. Hoy es otro de esos días de descubrir arcadias, y de las buenas, de las que de verdad se parecen a la del cuento, con su atractivo bucolismo, paisaje adornado de pastores y ovejas y naturaleza de ensueño. En esta ocasión las causantes son Saldías y Salinas de Oro, localidades a las que nos envía el guion.

Sin embargo, la idealizada felicidad de nuestro lugar imaginario, donde, supuestamente, la gente vive en fraternal conexión con la naturaleza, sin disputas ni pesadumbres, nos la ha echado por tierra el AGN (Archivo General de Navarra), por esa manía que tiene de guardar memoria de pendencias y conflictos de todo tipo. ¡Quien nos manda a nosotros enredar con esas cosas del pasado!, pues terminan por frustrar nuestra cándida ingenuidad y darnos en los morros con la dura realidad.

El caso es que en Saldías, sin ir más lejos, según el AGN, hubo peloteras para dar y tomar; entre parientes, entre vecinos, entre pueblos vecinos, entre vecinos de aquí y de allí, etc., etc. Como muestra un botón y veamos la que se puede liar por acumulación de hojas. Ocurrió así que un día, allá por el mes de abril de 1788, Juan Martín de Mutuberría, vecino de Saldías e indolente de necesidad según los archivos, venía haciendo de tiempo atrás dejación de funciones o abandono de deberes, que lo mismo da en el caso que nos ocupa.

"Martín Alferra" dicen que le decían en su lengua materna. Algo así como Martín el gandul. Parece ser cierto que era un poco flojo y por esa condición dejó que se acumularán hojas durante 15 ó 20 otoños en el muro medianil que separaba su heredad de la de su convecino Martín José de Erasun. Las hojas amontonadas de tantos años en el lado de Mutuberría terminaron por petrificarse, haciendo de rampa por donde los jabalíes brincaban alegremente a la finca de Erasun, hocicando el terreno y causándole estragos en la cosecha. También hocicaban en el otro lado, pero a Mutuberría le daba igual porque eso de doblar el lomo para labrar la tierra no iba con él.

Las repetidas llamadas de atención de Erasun a Mutuberría cayeron en saco roto. "La culpa es de los árboles, del viento, de la madre naturaleza..., yo la dejo obrar y me complazco con no alterar sus designios", decía Martín el gandul, que, a su modo, era un precursor del ecologismo integral. Pero el otro Martín, que ni era ecologista ni animalista, se daba al diablo viendo como los jabalíes se comían sus berzas, muy enteros de ánimo y sin necesidad de esforzarse lo más mínimo para saltar el muro.

Los dos martines se enzarzaron en agrias disputas. Martín José amenazó con quemar la borda de Juan Martín. Juan Martín respondió que haría lo propio con la casa Loperena, residencia de su vecino, siempre y cuando se encontrara con ánimo. Posiblemente hubieran llegado a las manos si Mutuberría se hubiese dignado a hacer un esfuerzo, pero parece ser que no le vino la gana. Al final, Erasun denunció a Mutuberría ante la Corte Mayor, lo que devino en el proceso judicial archivado en el AGN con referencia ES/NA/AGN/F146/170749, a cuya vista oral no acudió Martín el gandul haciendo honor a su apelativo. Se tiene conocimiento que del veredicto los jabalíes llegaron a opinar que era arbitrario y no tenía en cuenta sus legítimos intereses.

Si a eso dio lugar una acumulación de hojas, qué decir de pleitos por lindes, ganado, herencias, etc., de los que tan bien surtido está el AGN. Dicen que pueblo pequeño infierno grande, y algunos todavía a vueltas buscando la Arcadia Feliz. ¡Qué pardillos! Pero lo cortés no quita lo valiente. Que los vecinos hayan andado o anden a día de hoy en trifulcas, no deja de ser una nimiedad, pues nos parece que los pendencieros siempre han sido minoría y el envoltorio con el que la naturaleza ha premiado a los de Saldías se mantiene majestuoso, de novela pastoril.

Así que nosotros, arrancamos predispuestos al disfrute de cualquier Arcadia, de verdad o de mentirijillas, conjuntamente con el goce de la moto, recreándonos en el camino, porque la ruta ya la conocemos y el destino también, aunque sólo en tránsito, sin haber entrado en profundidades hasta hoy. Por suerte, esta vez no nos acompaña ninguna borrasca en nuestro peregrinar por Basaburua, cosa habitual por esas tierras, y es que de algún lado le viene su refulgente verdor; así que, con buen tiempo, el disfrute se multiplica.

No tiene perdón de Dios quien no haya circulado alguna vez por la NA-4114, porque se ha perdido una de las mayores obras de arte que ha dibujado la naturaleza en Navarra. Primero, pueblecitos como Orokieta y Ola dan sabor a la ruta, después, bosques y montañas ponen el fragor del paisaje abrupto, donde la carretera se complica, curveando y curveando y empinándose, pero bendita complicación. Cuando se abre la frondosidad, en lo alto, una panorámica más despejada deja ver a Saldías blanqueando en un mar verde, donde lo sagrado recorta su silueta en preeminencia.



Saldías es pequeño pero dueño de sí mismo. Aunque es de montaña, sólo se eleva 555 metros sobre el nivel del mar. A esa altura sus 125 habitantes dicen que los 64 kilómetros que los separan de Pamplona son muchos, pero les da igual. Su valle se llamó Basaburúa Menor, aunque hace mucho tiempo que los pueblos que lo componían escaparon de este corsé para hacerse autónomos, integrados en la merindad de Pamplona y en la comarca del Alto Bidasoa.





Saldías está en un cruce de caminos, en el que terminan o empiezan tres carreteras: la NA-4040 (Santesteban-Saldías), la NA-4114 (Orokieta-Saldías) y la NA-4029 (Saldías-NA-170). Esta última parte por la mitad al pueblo antes de precipitarse -literalmente y con unas vistas espectaculares- hacía la NA-170, que es la que enlaza Leitza con Santesteban. Cualquiera de las tres merece un puesto de honor en la lista de las mejores carreteras moteras, sobre todo si no hace acto de presencia algún aguacero de los habituales en la zona, y teniendo en cuenta que durante el invierno las humedades son muy de agarrarse a las zonas sombrías del asfalto.

El pueblo es diáfano, todas sus casas se encuentran exentas y aunque algunas se arriman dejan un callejón para que corra el aire. Son construcciones típicas de la montaña, mayoritariamente blancas con piedra vista en esquinas y cerramientos. No hemos echado cuentas pero, a ojo de buen cubero, parece que hay paridad entre portalones adintelados y de arco de medio punto. El ayuntamiento abre sus intimidades a través de uno de estos y en los bajos tiene una hospedería para socorrer a los necesitados, como nosotros, y es por eso que agradeceros eternamente los servicios recibidos, pues imaginábamos que en estos confines no habría donde saciar el hambre y la sed de media mañana.

Tras el salutífero refrigerio damos por terminada la visita a Saldías y arrancamos hacia Salinas de Oro, pero en atención a la hora que es, a que el camino es largo y tortuoso, y a que pasamos por la puerta del bar-restaurante-tienda Apeztegiberriko, multiservicio todo en uno, de Jauntsarats, conocido de anteriores andanzas porque la gula tiene memoria histórica, hacemos parada para aplacarla como Dios manda, y manda que ha de ser con un buen menú variado y a precio ajustado.

Cierto es que con la panza llena no es la mejor manera de rodar en moto, pero así lo exige nuestra misión, de manera que acalladas las protestas del estómago, vía Irurtzun, Ororbia y tras escalar el alto de Etxauri, nos dejamos caer pausadamente por la NA-700 en Salinas de Oro. No le va a la zaga Salinas a Saldías en bucolismo paisajístico, pero ahora no vamos a enredar en el AGN para desempolvar historietas recurrentes, en cuyos anaqueles seguramente habrá presencia de pendencias y embrollos relativos a este pueblo a hartar, como en casi todos los de Navarra.

Salinas también es un desertor de su valle, el de Guesálaz, de donde huyó hace ya mucho, aunque no se ha movido del sitio que le correspondió en la merindad de Estella. Tiene unos 110 habitantes encantados de ese sitio, que es un tanto escabroso y enrevesado, pero es lo que le otorga su gracia, siempre y cuando el caminante sea de piernas fornidas. De todas formas, este caminante, si en el esfuerzo de visitar el pueblo llega a deshidratarse, tiene la taberna El Granero para reponer líquidos, o sólidos, si hiciera falta.

Para ser un pueblo de cuestas, la iglesia de Salinas no se ha encaramado en todo lo alto, cosa extraña pero que tiene su explicación, y es que en tiempo inmemorial sí lo estuvo, y mucho, pero en el siglo XVIII los vecinos del pueblo se hartaron de trepar para venerar a san Miguel y le tiraron la casa abajo para reconstruírsela después en medio del caserío, en lugar más a mano y menos cansado para las cosas del culto.

Y si de algo presume Salinas de Oro, obviamente, es de la sal. Las salineras están un poco antes de llegar al pueblo viniendo desde Etxauri. El río Salado las abastece de agua y a día de hoy la extracción de la sal se sigue realizando a la manera tradicional, mediante la evaporación del agua por la acción del sol sobre las piscinas saleras, hasta dejar a la vista el preciado condimento, que, comparándola con la sal común, se vende a precio de oro. Seguramente, de ahí le viene el nombre a Salinas de Oro.