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jueves, 5 de noviembre de 2026

San Martín de Unx - Sansol - Santacara

Andanza CXXXIX: San Martín de Unx - Sansol - Santacara

Día: 12/02/2026

Hoy se nos viene a la mente el caos, más que nada por la que hemos liado para sustanciar la andanza de la jornada. Eso del caos es un concepto profundo. Hay quien piensa que el caos es lo que se encuentra una madre cuando entra en la habitación de su hijo o hija adolescente, porque hoy en día lo caótico no entiende de género; pero no, eso es un caos doméstico, de tres al cuarto, o lo que comúnmente se conoce como desorden. El caos de verdad es más cosa de filósofos o de teólogos.

En cuanto a los filósofos, algunos de esos sabios pensadores se han calentado mucho el magín para dogmatizar sobre qué es eso del caos, aunque no terminan de ponerse de acuerdo. Los hay que señalan al caos como una fuerza vital de la naturaleza, porque dicen que la naturaleza no es bella, ni buena, ni perfecta, ni sabia, sino más bien atolondrada y se dedica a obrar como le viene en gana. Si esto lo dicen los filósofos, algo de fundamento tendrá. Pero no todos piensan lo mismo.

Otros pensadores, un tanto suspicaces, aseguran que el caos es un invento de los artistas… bueno, de algunos artistas, los que pintan, componen música o escriben cosas para crear y esparcir el caos. Los filósofos que afirmaron esto debían referirse al modo de pintar de Jackson Pollock, cuando echaba cubos de pintura sobre el lienzo en el suelo. Igualmente, pudieron haber escuchado la Sinfonía nº 3, en do menor, opus 43, de Alexander Scriabin, quien decía que oía lo que le decían los colores y lo pasaba a la partitura. O también, puede que leyeran alguna obra de Charles Bukowski, de las que escribía estando beodo, que era casi siempre y cuando le venía la inspiración.

Menos terrenales, los teólogos vienen a asegurar que el caos es el estado de confusión material que precede a que un orden superior organice el mundo. Según el Génesis (1:2), la Tierra estaba hecha unos zorros antes de que Dios viniera a poner orden, toda llena de tinieblas y vacía de gente. En fin, aunque nosotros somos muy de creer, este estado primitivo de la Tierra parece más de pura tranquilidad, porque en cuanto aparecieron por allí Adán y Eva empezaron a liarse follones y no sólo hay que echarle la culpa a la serpiente.





Sea como fuere, eso del caos es complicado, embrollado y un poco sinsentido. Por tanto, haciendo un guiño a la doctrina del caos, sin orden ni concierto, como iremos detallando, nos hemos embarcado hoy en nuestra andanza correspondiente, con el objetivo de hacer aprecio enredado a las localidades de San Martín de Unx, Sansol y Santacara. Además, para no desmerecer el desbarajuste, nos ha salido un día ventoso, de esos que zarandean la moto sin compasión. Todo sea para aumentar el desconcierto.

Empezar, empezamos como toca, con San Martín de Unx. Acudimos hasta allí por la NA-132, desde Tafalla, curveando un poco sólo al acercarnos al lugar, porque el pueblo está en la falda de la sierra de Guerinda y por ella escala o se descuelga, según se mire. Para nosotros escala porque venimos de abajo, y un par de curvas de muchos grados, lentas y empinadas, nos dan la bienvenida y nos ponen en antecedentes sobre el carácter encaramado y poco amigo de las cosas a nivel de nuestro pueblo anfitrión.





Buen sitio para dejar la moto es la plazoleta que se abre frente a la iglesia de Santa María del Pópulo, pues circular por la mayor parte de las callejuelas del pueblo es poco aconsejable, mejor a dos patas que con dos ruedas. Por si no nos habíamos enterado antes de entrar a la villa, dada la prodigalidad de bodegas, en esta plaza se pone en conocimiento del recién llegado que aquí corre el vino. Por eso está decorada con barricas y un monumento en honor a la vid. También hay una fuente, pero, desgraciadamente, es de agua.





Si se le pregunta a alguno de los pocos más de 390 habitantes de San Martín de Unx por la parcialidad de la que es adepto respecto al más sublime color del vino, sin duda, responderá que es cofrade acérrimo de la del rosado. Este sectarismo ha convertido a San Martín en cuna de los mejores vinos rosados de Navarra y de más allá. Pero no sólo el vino rosado es patrimonio de San Martín, además de tintos algo menos afamados, disfruta de otros acervos menos perecederos e igualmente arraigados.

Y para arraigo el de sus caserones. San Martín es pródigo en viejos caserones trepadores. Trepan por su calles cuesta, encarando sus portalones de medio punto a cara de perro con el vecino de enfrente, porque todos quieren arrimarse a la iglesia que da nombre al pueblo, la de San Martín de Tours, que está en las alturas y, además de elevada posición, presume de cripta románica y galería arqueada.

Por santos que no quede. Un poco más arriba, ya en los extrarradios del pueblo, San Miguel también tiene su iglesia, que dicen que fue la capilla del antiguo castillo y hoy lo es del cementerio. Bonito sitio éste para descansar en paz, y los vivos, también para contemplar, por sus extraordinarias vistas, y es que se ve hasta al Moncayo. Pero, de repente, nos hemos acordado que hay que desescalar lo escalado, con un esfuerzo a la inversa, frenando para no bajar rodando por las calles adoquinadas.





Ya en la plaza de abajo, a la hora de seguir nuestra ruta, nos asalta subrepticiamente un estado de confusión, el del caos doctrinal del que antes hablábamos, y nos pone en la tesitura de aceptar el desorden para completar en el mismo día la misión que nos hemos encomendado. El caso es que el siguiente pueblo que nos toca, respetando el orden alfabético, es Sansol, de donde nos separan al menos 70 kilómetros, y el que sigue es Santacara, que está sólo a 25, así que le vamos a hacer caso al caos y al desorden, y nos pasamos por el arco del triunfo el orden alfabético, pero que no se entere nadie.

A Santacara llegamos pasando por Olite, Beire y Pitillas, de manera que accedemos al pueblo por la NA-5330, después de dejar a la izquierda la famosa laguna. A la entrada, a mano derecha, sobre una elevación del terreno, se yergue altanera media torre del homenaje de su antiguo castillo. Sola y desafiante, ha conseguido mantenerse en pie durante siglos haciendo alarde de equilibrio, mientras que el resto del conjunto de lo que fue una imponente fortaleza ha desaparecido.

Dejamos la torre lisiada pero aún vigilante a la derecha, para adentrarnos en el laberinto de Santacara buscando el centro neurálgico, que es la Plaza Nueva, un espacio diáfano presidido por la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, del siglo XIII, y justo detrás está el ayuntamiento, un antiguo caserón remodelado para cumplir sus funciones municipales y al que le han plantado un alero-flequillo un tanto modernista. De caserones está bien dotada esta parte del pueblo, cuya senectud se ha pareado con la mocedad de otras casas, hombro con hombro.

Pero para ver lo más viejo de Santacara hay que ir hasta las ruinas de la ciudad romana de Cara, cerca del casco urbano, al sureste del pueblo, que según Plinio el Viejo era un importante nudo de comunicaciones en la vía que partía de Cesaraugusta (Zaragoza) y llegaba hasta Pompaelo (Pamplona). A día de hoy es un yacimiento arqueológico visitable pero un tanto ajado.

Pateando ruinas comprobamos que se nos ha pasado la mañana y todavía hemos de cumplir lo pactado con el caos, que era la visita a deshora y fuera de lugar de Sansol. Para mayor desorden, nos vamos a casa a comer, cosa irreverente en estas andanzas, y a cambiar de moto, otro sacrilegio que jamás habíamos cometido. Siempre, con la que empezábamos acabábamos. Suponemos que hoy es uno de esos días en la que la excepción confirma la regla, pero nunca se sabe.

En fin, sin siesta porque las tardes son cortas todavía, arrancamos camino de Sansol cambiando la sofisticada R1250RS por nuestro sidecar de época, que alumbra menos que una carretilla en caso de que oscurezca; eso, para engordar el caos de este día. De Sansol nos separan 26 kilómetros. No son muchos, pero a lomos de la reliquia motorizada de tres ruedas se nos va casi media hora. Por fin, al final de una larga y ondulante recta en la que se acomoda desde Los Arcos con dirección a Logroño la carretera NA-1110, allí está Sansol y sus 89 habitantes según el último censo.

Sansol es una villa del Camino de Santiago, que anda en pendencias con su vecina Torres del Río para cobijar peregrinos. En verano hay para todos, hasta sobran y los despachan a Bargota y más lejos, en invierno están al quite para capturarlos al vuelo. No es mal sitio Sansol para hacer parada de etapa en el Camino, porque descansar entre tanta casa ennoblecida no es moco de pavo. Ahí está su palacio barroco en la Plaza del Sindicato, todo de sillería de la buena con escudos nobiliarios que impresionan y donde se puede dormir como un marqués a precio de vizconde.

Que el pueblo se encuentre en una pequeña elevación le da unas vistas espectaculares. La Sierra de Codés, al norte, emerge y quiebra la línea del horizonte. Desde el mirador de la iglesia de San Zoilo, hacia el suroeste, a tiro de piedra y en lo hondo, se pueden cotillear los tejemanejes de las gentes de Torres del Río y murmurar de los peregrinos que han pasado olímpicamente de Sansol y se van a la competencia. Como con nosotros no va el tema de la fuga de peregrinos, aprovechamos la tarde para recorrer sus calles y admirar sus casonas añejas, pues tiene unas cuantas, y antes de que el crepúsculo haga acto de presencia nos recogemos con nuestras pocas luces, para no tentar más al caos, y es que ya le hemos tocado bastante las narices hoy.

























































domingo, 9 de agosto de 2026

Sangüesa/Zangoza

Andanza CXXXVIII: Sangüesa

Día: 23/11/2025

Si la memoria no nos falla, que posiblemente sí, nos parece recordar que en alguna otra ocasión hemos hecho mención aquí a ese refrán tan castizo que dice: “Sarna con gusto no pica”, en referencia al esfuerzo y sacrificio que nos está costando la consumación de estas andanzas, pero como parece ser que de ello venimos sacando cierto regusto, la picazón la sobrellevamos estoicamente. Sin embargo, hay otra variante del dicho, esa que dice: “Sarna con gusto no pica, pero mortifica”. 

La mortificación o el martirio, que a veces viene a ser parecido, es más bien cosa de santos. Al menos, los más famosos, han llegado a la santidad por la vía del martirio, algunos voluntarios, otros sin tener muchas ganas. Nosotros, aunque somos poco virtuosos, en cierta manera, sí tenemos algo de mártires vocacionales, porque, sino, quién nos ha mandado meternos en este berenjenal, del que no terminamos de ver el final, si es que algún día llegamos a completarlo antes de que nos alcance la decrepitud, que está  a la vuelta de la esquina.





Pero algo de certeza tiene ese gusto que dicen que da la sarna; además, nuestro proceder de automartirio nos parece verlo reflejado en las hazañas de alguno de esos venerables virtuosos, que es mucho ver y mucho imaginar. Casualmente, hoy nos lo ha puesto a huevo san Francisco de Asís, en pura coincidencia con las visitas programadas según el guión alfabético que cumplimos. Y es que en esta jornada nos toca hacerle los honores a Sangüesa, y Sangüesa no sólo es Sangüesa, en el paquete se incluyen sus concejos: Gabarderal y Rocaforte.




Dicen sus biógrafos que san Francisco fue golfo en su juventud, después llegó a santo y también opositó como aspirante a mártir, y estuvo en Rocaforte, cuando se llamaba Sangüesa la Vieja. De las golferías de san Francisco cuando era mozo no vamos a entrar en detalle, pues debieron ser las normales de los chavales de su edad, económicamente bien situados. Sin embargo, cuando se hizo pobre, por voluntad propia, además de renunciar a los bienes materiales, también pensó que era buena idea lo de hacerse mártir y que la mejor manera de conseguirlo era yéndose a predicar a tierra de infieles, y como donde más a mano le quedaban los moros era en la Península Ibérica, se vino para acá.

Y aunque también hay quien dice que san Francisco vino a la Península para hacer el Camino de Santiago, a nosotros nos viene mejor para sustanciar este cuento la versión que sostiene que acudió para convencer a los musulmanes de los beneficios del cristianismo, aun conociendo su poca credulidad y las consecuencias de intentar adoctrinarlos. El caso es que parece ser que entró por Roncesvalles acompañado por algún discípulo y terminó haciendo parada y fonda en Rocaforte. En el lugar fundó un rudimentario convento, dejó a un becario atendiendo a un enfermo que apareció por allí y él se fue a explicarles a los mahometanos que estaban equivocados.



Si san Francisco pretendía el martirio no lo consiguió. Antes de llegar a los dominios de los sarracenos se puso malo y se jodió el intento. Se tuvo que volver a casa, pero en Rocaforte se mantuvo ese embrión de convento que, a día de hoy, se conserva conocido como el eremitorio de san Bartolomé, un poco ajado y sin monjes ni ermitaño, pero donde los vecinos hacen una romería y se acuerdan del bueno de san Francisco, y hasta le atribuyen algún milagro hortelano, pues se dice que plantó su cayado y creció una morera que todavía dura.

San Francisco no alcanzó el martirio que buscaba pero nosotros en ello andamos a, nuestra manera, con muchos años de tormento vocacional pero también de gozo encima de la moto, como dice el refrán. De todas formas, las visitas de hoy tienen más de lo segundo que de lo primero, porque Sangüesa es de esos pueblos atiborrados de cosas que ver. No hay calle que no tenga su monumento, de andar por casa o espectacular.

Con las fuerzas íntegras iniciamos nuestra andadura en la propia Sangüesa, capital de la merindad de su mismo nombre. La villa se sitúa en la Navarra Media Oriental, limítrofe con Zaragoza y vecina de Sos del Rey Católico. Se alza a orillas de río Aragón, cuyas aguas la acurrucan de norte a sur, pero también le han dado más de un disgusto cuando se ponen bravías. Nosotros hacemos acto de presencia desde la NA-132, viniendo de Aíbar. Cuando esta carretera se deja caer en las proximidades, de entre la arboleda del soto del río, que oculta la mayor parte de la población, se yergue inhiesta la torre de la iglesia románica de Santa María la Real, y por su prestancia, cualquier viajero entiende enseguida que aquí hay enjundia monumental.


Y no se equivoca. La iglesia está nada más pasar el puente metálico que emboca hacía la calle Mayor, pero los forasteros tenemos que aparcar por aquí, antes de acceder al casco antiguo, para que las cámaras no te propongan para sanción, aunque con la moto no hay problema, porque hay sitio casi al lado del templo. El edificio es unos de los monumentos más destacados de Navarra y requiere una contemplación exhaustiva, sobre todo la portada, cuya temática iconográfica da para escribir un libro. Con la intención de protegerla, se la ha enmarcado con una estructura metálica, que desdice un poco, pero todo sea por su salud.

La calle Mayor o rúa de los Peregrinos no tiene desperdicio, caserones y palacetes la jalonan, y provocan una saturación de los sentidos. Hay tanto que ver que, finalmente, la capacidad de percepción termina por rebosar y saturarse. Tanto atractivo no se puede asimilar de golpe, en una visita rápida. Además, para aderezar esta abundancia está el resto del casco histórico, como la avenida del Príncipe de Viana, que presume de un palacio fortificado, antiguo cobijo real. Nos dejamos en el tintero otros palacios, casonas, iglesias y conventos, porque esto no da para más y nos vamos a tomar un respiro en un bar de la calle Mayor que tiene buena pinta.

Una vez procesada toda la información instructiva adquirida con la ayuda de un refrigerio, partimos para Gabarderal, que está al sur de Sangüesa, a unos cuatro kilómetros. Gabarderal es un concejo pequeño, que supera por poco los 130 habitantes. El poblado fue construido en el año 1960 por el antiguo Instituto Nacional de Colonización, con la idea de aprovechar una zona de regadío originada por el Canal de las Bardenas, erigiéndose inicialmente 26 viviendas para los nuevos colonos, en su mayor parte provenientes de Tudela y Buñuel, también de Aragón, algunos de Tierra Estella y otros de la propia Sangüesa. A los colonos originarios, además de la casa, se les adjudicaron 10 hectáreas de tierra con sus correspondientes aperos de labranza, incluido un animal de tiro y una vaca.

En la actualidad, Gabarderal es un pueblecito ordenado, ajardinado y cuidado por sus habitantes, con un aspecto muy diferente al del poblado agrícola que fue. Dentro de su ordenamiento reticular, destaca la iglesia de Santa Eulalia, edificada a la vez que las primeras viviendas y situada junto a la carretera NA-5342, cuyo elemento más destacable es su torre, casi exenta, aunque unida al cuerpo principal del edificio por galerías cubiertas.

De Gabarderal volvemos a Sangüesa la Nueva para, bordeándola, subir hasta Sangüesa la Vieja o Rocaforte, en las alturas y dominando el cotarro. Porque aquí hubo castillo dominante, en el que, parece ser, nació el rey de Pamplona Sancho Garcés I, cuando esto era tierra de frontera disputada entre cristianos y musulmanes, pero también con el vecino aragonés. A día de hoy, Rocaforte solamente domina el paisaje, ha perdido el ardor guerrero y el sosiego se respira entre las bien cuidadas calles del lugar, ensortijadas, empinadas, amuebladas con casas de piedra, algunas con cientos de años bajo sus tejas, otras casi recién nacidas pero construidas para no desdecir.

En estas alturas el horizonte es amplio, la papelera de Sangüesa, a los pies de Rocaforte, humea que se las pela, pero dicen que es humo sostenible, del bueno. Un poco más allá se ve Sangüesa la Nueva, la hija pródiga que escapó del encumbramiento. Desde el antiguo convento de san Francisco, a la derecha según se sube, también hay buenas vistas, tan buenas que nos hacen olvidar nuestro presunto martirio y el parangón con el santo. Es más el gusto que la sarna, así que seguiremos rascándonos esos baladíes picores producidos por nuestro ir y venir por Navarra.










































































































miércoles, 25 de marzo de 2026

San Adrián

Andanza CXXXVII: San Adrián

Día: 19/09/2025

Por si eran pocas las motos utilizadas como apoyo logístico en la ejecución de nuestras andanzas… parió la abuela. Y es que hoy damos la bienvenida a estas labores a la Vespa PX 200 E Iris, Betty Boop Special Edition (cosecha propia), que fue rescatada in extremis del purgatorio de las motos, donde se encontraba desde hacía muchos meses por accidente de su antiguo propietario (quien escapó sólo con contusiones), pero la moto sí salió malparada y con muchas posibilidades de acabar en el infierno del desguace. Ahora, a punto de cumplir los 40 años, tras una tediosa restauración, regresa al mundo de los vivos y nos acompañará, de vez en cuando, dentro de sus humildes prestaciones, por los caminos de Navarra.

Pero, como recién llegada, precisa de una presentación. Empecemos por el principio. La Vespa nació como un engendro, diseñada en 1946 por Corradino D’Ascanio, un ingeniero reciclado desde la aeronáutica que “odiaba las motos” y por eso concibió una “antimoto”, con carrocería portante y sin motor a la vista, más limpia que una moto tradicional, sencilla y económica, un vehículo apto para los tiempos de postguerra. Parece ser que el nombre de Vespa (avispa en italiano), le viene por la forma de su carrocería vista desde arriba y por el ronroneo de su motor, que en sus primeros modelos recordaban al insecto, o al menos eso le pareció al fabricante Enrico Piaggio, según cuenta la leyenda.

Nuestra Vespa es de origen nacional, de las que se fabricaron en Madrid a partir de 1953 por la filial española Moto Vespa S.A., empresa que pasó a mejor vida en 1996. La Vespa PX 200 E fue lanzada al mercado en la década de los 80 y pronto se convirtió en un icono, con un estilo clásico, que acabó representando el final de una época, antes de la llegada de las motos con mucho plástico. Y esta es nuestra modesta Vespa, que no se arredra ante sus compañeras de garaje, más jóvenes, de mucho renombre, mayores prestaciones y algo estiradas. Será porque la veteranía es un grado.


Cierto es que cargarle los lomos a la Betty Boop con el peso de la humanidad de dos personas adultas es un modo de tortura, pero no se queja. Tampoco el suplicio de hoy es mucho, sólo nos ha de soportar hasta San Adrián y vuelta. Camino del lugar nos hará disfrutar de las cosas sencillas, del zumbido tan característico e inconfundible de su motor, del paisaje a baja velocidad, de la simpleza mecánica, de la precariedad de accesorios, de lo modesto, de rodar sin pretensiones. La sencillez no es pobreza, sino la riqueza de algo genuino y austero, donde lo preciso es más que suficiente.



A veces, la felicidad la proporcionan las pequeñas cosas, pues llevan aparejada la virtud de lo sobrio. En Vespa, la elegancia de lo mondo y lirondo se presta sobradamente para cumplir con las expectativas de un viaje, aunque sea corto; si bien, también puede cumplirlas en otros trayectos más aventurados, pues ya hay quien se ha dado la vuelta al mundo en esta moto y no ha fenecido en el intento. Nosotros, para empezar, seremos misericordiosos, y aunque la Vespa luce casi como nueva, su motor es el de origen y va cargado con casi 50.000 kilómetros, todo de serie, que para un motor de dos tiempos y 200 c.c. son kilómetros, aunque, por ahora, lleva la vejez muy dignamente.



Patada y a la primera el típico petardeo resuena y nos hace retroceder unos cuantos años. A cuando las carreteras estaban infestadas de vespas y olía a aceite de motor de dos tiempos, aquellos en los que todavía no se había inventado ni siquiera la normativa Euro 1 y los vehículos campaban a sus anchas humeando a diestro y siniestro. De todas formas, nuestra Vespa está bien carburada, y aunque perfuma el ambiente con ese tufillo a Castrol tan característico y hasta que se pone a tono también deja una estela blanca, es bastante respetuosa con el medio ambiente para su edad, o al menos eso nos parece, o eso queremos creer.

No es que la carretera NA-122 sea de lo mejor para disfrutar de la Vespa camino de San Adrián, pero para ser condescendientes con ella, por aquí es lo más corto, con sus casi 30 kilómetros de viaje. A ritmo cansino, respetando mucho, pero que mucho, la velocidad reglamentaria, nos plantamos en San Adrián en poco más de media hora. El río Ega, que nos ha acompañado durante el camino, en San Adrián se hace uno con el Ebro, y éste, a su vez, se encarga de marcar el límite de la villa y de Navarra con La Rioja, pues Calahorra se encuentra a tiro de piedra una vez cruzado el puente que separa las dos comunidades.



San Adrián en un pueblo de ribera, de la Ribera Alta, de la Merindad de Estella, y cumple con los cánones de todo pueblo de ribera. Tiene unos 6500 habitantes, conocidos como adrianeses o aguachinaos. Este último gentilicio parece que se lo endosaron a los de San Adrián con motivo de la concurrencia de los dos ríos en su término y la abundancia de aguas. Eso de que los de San Adrián estén aguachinados por exceso de líquido parece chascarrillo de los vecinos envidiosos, porque sus gentes ni están aguadas, ni son insípidas, ni han perdido sustancia, sino todo lo contrario. San Adrián es un pueblo acogedor, abierto e industrioso.



Industrioso, sobre todo, por la agricultura de huerta y sus derivados, por sus fábricas de conservas e industrias afines, que le han dado vigor, especialmente a partir de los años 20 del pasado siglo, cuando se inició un crecimiento poblacional que convirtió a San Adrián en la capital de la Ribera Alta, superando en población a Lodosa, que ostentó este título hasta los años 60. De la antigua industria conservera queda como recuerdo la esbelta chimenea de ladrillo mantenida en la plaza Fructuoso Muerza, memoria de una de las primeras fábricas que funcionaron en la localidad.

San Adrián no es un pueblo monumental. Tiene sus callejuelas y sus plazas, plazas que son el centro neurálgico, como la ya referida de Fructuoso Muerza, bulliciosa y en la que multitud de parroquianos se dan cita al amor de sus bares. La plaza Vera Magallón también congrega gentes, aunque menos, pues es cruce de caminos para el tráfico rodado. Aquí se encuentra la iglesia nueva, la de san Adrián, el santo que ha dado nombre al pueblo, un edificio imponente de ladrillo, con un rosetón en su fachada principal de lo más colorido, para animar el monótono tono rojizo del ladrillo.

Para despedir la jornada en San Adrián no hay como subirse al altillo donde se encuentra la iglesia vieja, la de la Virgen de la Palma, en una explanada de la calle Palacio, en la parte antigua. Allí se puede contemplar este magnífico templo renacentista, de mediados del siglo XVI,  también construido en ladrillo, excepto el basamento de su fachada y portada, hecha en piedra, con arco de medio punto y una hornacina encima en la que se ha subido el santo patrón, con gesto bizarro pero con la cara que se le puso cuando se enteró que iba a ser mártir. Mejor cara se nos ha puesto a nosotros admirando el formidable paisaje que desde aquí se otea. Se ven todos los tejados de San Adrián, los de Calahorra a lo lejos, y las verdes vegas del Ega y del Ebro extendiéndose hasta el fin del horizonte.