Andanza CXXXIX: San Martín de Unx - Sansol - Santacara
Día: 12/02/2026
Hoy se nos viene a la mente el caos, más que nada por la que hemos liado para sustanciar la andanza de la jornada. Eso del caos es un concepto profundo. Hay quien piensa que el caos es lo que se encuentra una madre cuando entra en la habitación de su hijo o hija adolescente, porque hoy en día lo caótico no entiende de género; pero no, eso es un caos doméstico, de tres al cuarto, o lo que comúnmente se conoce como desorden. El caos de verdad es más cosa de filósofos o de teólogos.
En cuanto a los filósofos, algunos de esos sabios pensadores se han calentado mucho el magín para dogmatizar sobre qué es eso del caos, aunque no terminan de ponerse de acuerdo. Los hay que señalan al caos como una fuerza vital de la naturaleza, porque dicen que la naturaleza no es bella, ni buena, ni perfecta, ni sabia, sino más bien atolondrada y se dedica a obrar como le viene en gana. Si esto lo dicen los filósofos, algo de fundamento tendrá. Pero no todos piensan lo mismo.
Otros pensadores, un tanto suspicaces, aseguran que el caos es un invento de los artistas… bueno, de algunos artistas, los que pintan, componen música o escriben cosas para crear y esparcir el caos. Los filósofos que afirmaron esto debían referirse al modo de pintar de Jackson Pollock, cuando echaba cubos de pintura sobre el lienzo en el suelo. Igualmente, pudieron haber escuchado la Sinfonía nº 3, en do menor, opus 43, de Alexander Scriabin, quien decía que oía lo que le decían los colores y lo pasaba a la partitura. O también, puede que leyeran alguna obra de Charles Bukowski, de las que escribía estando beodo, que era casi siempre y cuando le venía la inspiración.
Menos terrenales, los teólogos vienen a asegurar que el caos es el estado de confusión material que precede a que un orden superior organice el mundo. Según el Génesis (1:2), la Tierra estaba hecha unos zorros antes de que Dios viniera a poner orden, toda llena de tinieblas y vacía de gente. En fin, aunque nosotros somos muy de creer, este estado primitivo de la Tierra parece más de pura tranquilidad, porque en cuanto aparecieron por allí Adán y Eva empezaron a liarse follones y no sólo hay que echarle la culpa a la serpiente.
Sea como fuere, eso del caos es complicado, embrollado y un poco sinsentido. Por tanto, haciendo un guiño a la doctrina del caos, sin orden ni concierto, como iremos detallando, nos hemos embarcado hoy en nuestra andanza correspondiente, con el objetivo de hacer aprecio enredado a las localidades de San Martín de Unx, Sansol y Santacara. Además, para no desmerecer el desbarajuste, nos ha salido un día ventoso, de esos que zarandean la moto sin compasión. Todo sea para aumentar el desconcierto.
Empezar, empezamos como toca, con San Martín de Unx. Acudimos hasta allí por la NA-132, desde Tafalla, curveando un poco sólo al acercarnos al lugar, porque el pueblo está en la falda de la sierra de Guerinda y por ella escala o se descuelga, según se mire. Para nosotros escala porque venimos de abajo, y un par de curvas de muchos grados, lentas y empinadas, nos dan la bienvenida y nos ponen en antecedentes sobre el carácter encaramado y poco amigo de las cosas a nivel de nuestro pueblo anfitrión.
Buen sitio para dejar la moto es la plazoleta que se abre frente a la iglesia de Santa María del Pópulo, pues circular por la mayor parte de las callejuelas del pueblo es poco aconsejable, mejor a dos patas que con dos ruedas. Por si no nos habíamos enterado antes de entrar a la villa, dada la prodigalidad de bodegas, en esta plaza se pone en conocimiento del recién llegado que aquí corre el vino. Por eso está decorada con barricas y un monumento en honor a la vid. También hay una fuente, pero, desgraciadamente, es de agua.
Si se le pregunta a alguno de los pocos más de 390 habitantes de San Martín de Unx por la parcialidad de la que es adepto respecto al más sublime color del vino, sin duda, responderá que es cofrade acérrimo de la del rosado. Este sectarismo ha convertido a San Martín en cuna de los mejores vinos rosados de Navarra y de más allá. Pero no sólo el vino rosado es patrimonio de San Martín, además de tintos algo menos afamados, disfruta de otros acervos menos perecederos e igualmente arraigados.
Y para arraigo el de sus caserones. San Martín es pródigo en viejos caserones trepadores. Trepan por su calles cuesta, encarando sus portalones de medio punto a cara de perro con el vecino de enfrente, porque todos quieren arrimarse a la iglesia que da nombre al pueblo, la de San Martín de Tours, que está en las alturas y, además de elevada posición, presume de cripta románica y galería arqueada.
Por santos que no quede. Un poco más arriba, ya en los extrarradios del pueblo, San Miguel también tiene su iglesia, que dicen que fue la capilla del antiguo castillo y hoy lo es del cementerio. Bonito sitio éste para descansar en paz, y los vivos, también para contemplar, por sus extraordinarias vistas, y es que se ve hasta al Moncayo. Pero, de repente, nos hemos acordado que hay que desescalar lo escalado, con un esfuerzo a la inversa, frenando para no bajar rodando por las calles adoquinadas.
Ya en la plaza de abajo, a la hora de seguir nuestra ruta, nos asalta subrepticiamente un estado de confusión, el del caos doctrinal del que antes hablábamos, y nos pone en la tesitura de aceptar el desorden para completar en el mismo día la misión que nos hemos encomendado. El caso es que el siguiente pueblo que nos toca, respetando el orden alfabético, es Sansol, de donde nos separan al menos 70 kilómetros, y el que sigue es Santacara, que está sólo a 25, así que le vamos a hacer caso al caos y al desorden, y nos pasamos por el arco del triunfo el orden alfabético, pero que no se entere nadie.
A Santacara llegamos pasando por Olite, Beire y Pitillas, de manera que accedemos al pueblo por la NA-5330, después de dejar a la izquierda la famosa laguna. A la entrada, a mano derecha, sobre una elevación del terreno, se yergue altanera media torre del homenaje de su antiguo castillo. Sola y desafiante, ha conseguido mantenerse en pie durante siglos haciendo alarde de equilibrio, mientras que el resto del conjunto de lo que fue una imponente fortaleza ha desaparecido.
Dejamos la torre lisiada pero aún vigilante a la derecha, para adentrarnos en el laberinto de Santacara buscando el centro neurálgico, que es la Plaza Nueva, un espacio diáfano presidido por la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, del siglo XIII, y justo detrás está el ayuntamiento, un antiguo caserón remodelado para cumplir sus funciones municipales y al que le han plantado un alero-flequillo un tanto modernista. De caserones está bien dotada esta parte del pueblo, cuya senectud se ha pareado con la mocedad de otras casas, hombro con hombro.
Pero para ver lo más viejo de Santacara hay que ir hasta las ruinas de la ciudad romana de Cara, cerca del casco urbano, al sureste del pueblo, que según Plinio el Viejo era un importante nudo de comunicaciones en la vía que partía de Cesaraugusta (Zaragoza) y llegaba hasta Pompaelo (Pamplona). A día de hoy es un yacimiento arqueológico visitable pero un tanto ajado.
Pateando ruinas comprobamos que se nos ha pasado la mañana y todavía hemos de cumplir lo pactado con el caos, que era la visita a deshora y fuera de lugar de Sansol. Para mayor desorden, nos vamos a casa a comer, cosa irreverente en estas andanzas, y a cambiar de moto, otro sacrilegio que jamás habíamos cometido. Siempre, con la que empezábamos acabábamos. Suponemos que hoy es uno de esos días en la que la excepción confirma la regla, pero nunca se sabe.
En fin, sin siesta porque las tardes son cortas todavía, arrancamos camino de Sansol cambiando la sofisticada R1250RS por nuestro sidecar de época, que alumbra menos que una carretilla en caso de que oscurezca; eso, para engordar el caos de este día. De Sansol nos separan 26 kilómetros. No son muchos, pero a lomos de la reliquia motorizada de tres ruedas se nos va casi media hora. Por fin, al final de una larga y ondulante recta en la que se acomoda desde Los Arcos con dirección a Logroño la carretera NA-1110, allí está Sansol y sus 89 habitantes según el último censo.
Sansol es una villa del Camino de Santiago, que anda en pendencias con su vecina Torres del Río para cobijar peregrinos. En verano hay para todos, hasta sobran y los despachan a Bargota y más lejos, en invierno están al quite para capturarlos al vuelo. No es mal sitio Sansol para hacer parada de etapa en el Camino, porque descansar entre tanta casa ennoblecida no es moco de pavo. Ahí está su palacio barroco en la Plaza del Sindicato, todo de sillería de la buena con escudos nobiliarios que impresionan y donde se puede dormir como un marqués a precio de vizconde.
Que el pueblo se encuentre en una pequeña elevación le da unas vistas espectaculares. La Sierra de Codés, al norte, emerge y quiebra la línea del horizonte. Desde el mirador de la iglesia de San Zoilo, hacia el suroeste, a tiro de piedra y en lo hondo, se pueden cotillear los tejemanejes de las gentes de Torres del Río y murmurar de los peregrinos que han pasado olímpicamente de Sansol y se van a la competencia. Como con nosotros no va el tema de la fuga de peregrinos, aprovechamos la tarde para recorrer sus calles y admirar sus casonas añejas, pues tiene unas cuantas, y antes de que el crepúsculo haga acto de presencia nos recogemos con nuestras pocas luces, para no tentar más al caos, y es que ya le hemos tocado bastante las narices hoy.



























































