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martes, 23 de diciembre de 2025

Roncal/Erronkari - Sada

Andanza CXXXV: Roncal/Erronkari - Sada

Día: 11/09/2025

Entre Gayarre y el queso, a elegir. A esta alternativa nos enfrentamos con la idea de sustanciar la andanza de hoy. Una dualidad un poco extraña, sin embargo, sus componentes son marca de la casa de uno de los pueblos a los que nos toca visita; entonces, a la vista está, no puede ser otro que el Roncal, tierra de tenores (bueno, sólo uno que sepamos) y queso. Sopesando los ingredientes para este guiso, en principio, al queso lo vamos a dejar curándose, y para aderezar nuestra andanza nos decantamos por Julián Gayarre, pues nos parece que proporciona mayores expectativas a la hora de elucubrar, o al menos eso creemos.

Así que nos vamos con la música a otra parte, o mejor dicho, con el cante, y para dar el cante sobre el Roncal, quien mejor que Gayarre, un tenor de entre montañas, hijo de esta tierra y amante de Leonor de Guzmán, su favorita, aunque fuera sólo sobre el libreto. Dicen que Gayarre tenía como ópera favorita "La favorita", y esta favorita era Leonor, amante de Alfonso XI de Castilla y también de Gayarre, en el papel melodramático de Fernando, claro está.

Al compositor Gaetano Donizetti se le fue la pinza inventando, aunque más bien debió ser a los libretistas, que fueron tres al parecer, porque el triángulo amoroso entre el tal Fernando, el rey Alfonso XI y Leonor fue fantasía suya, y es que en pleno siglo XIV intentar birlarle la amante a un rey en el ejercicio de sus funciones era una temeridad. Pero la vida real es una cosa y la ópera otra. En la trama de La favorita Alfonso XI no se mosquea demasiado cuando Fernando le levanta a Leonor. En la realidad, probablemente, hubiera sido muy diferente.

Pero Leonor era mucha Leonor. Engatusó a Alfonso y se convirtió en la amante oficial, haciéndose cargo de la riendas del reino cuando fue necesario, en detrimento de Inés de Portugal, la legítima, que hubo de tragarse el sapo muy a su pesar. Como la televisión no se había inventado por aquellas fechas, a Dios gracias, Leonor tuvo con Alfonso 10 hijos, todos muy principales, sobre todo uno, que inauguró la dinastía Trastámara, dinastía que en un momento dado llegó a hacerse con todos los reinos peninsulares.

Leonor cayó en desgracia a la muerte de Alfonso, quien pilló la peste negra por meterse en líos con los moros. Entonces Inés, que también había tenido un hijo tardío con Alfonso y era el heredero reglamentario, no desaprovechó la ocasión para quitar de en medio a Leonor,  atormentándola cuanto pudo con el consentimiento del nuevo rey, terminando la pobre estrangulada por orden de la reina madre, al menos eso dicen las crónicas. Muy mosqueado, Enrique, el hijo más reputado de Leonor, se la juró a Pedro, su hermanastro y rey en uso, y en un quítame allá esas pajas, se lo cargó en la batalla de Montiel, apropiándose del reino; así que a Leonor, después de muerta, se la oyó decir: "lo ves, Inés, al final me cago en tus bebés".

Visto el currículum de Leonor, no nos extraña que Gayarre/Fernando se prendara de ella, era una mujer de carácter y "en fermosura la mas apuesta muger que avia en el Reyno", también según las crónicas. A Gayarre La favorita le vino al pelo. Con ella se consagró como el mejor tenor del mundo en La Scala de Milán, así que Leonor de Guzmán, por arte de birlibirloque, dio dinastía de reyes hasta llegar a la desdichada Juana la Loca y colaboró a hacer de Gayarre un mito de la ópera. ¡Quién se lo iba a decir!

Gayarre, además de prendarse de La favorita, también lo estaba de su tierra y con la visita de hoy hemos comprendido el porqué. Por supuesto que el lugar donde uno nace, por feo que sea, que no es el caso, siempre es añorado e idealizado, pero resulta que respecto al pueblo que nos ocupa no hace falta idealizar nada porque la parte y el todo tienen atributos para no dar pie a imaginar nada. Le sobran virtudes.

Para hacer los honores al Roncal, y a Sada después, vamos a cargarle los lomos a la R-18, una moto con motor casi de camión, que no corre pero tira de un tren y que tan bien soporta nuestra pesada humanidad. Para no repetirnos, no entraremos en detalles sobre una ruta en la que ya hemos insistido infinidad de veces camino del Pirineo. Sabemos que todo el mundo está al corriente de sus excelencias gracias a nuestra pesadez, pero aún así, reiteramos cómo nos gusta la NA-214 y su puerto de las Coronas, donde, sin pretenderlo, arrastrar por el asfalto los avisadores de la R-18 y llevarse algún sobresalto es cosa segura.





Desde Burgui al Roncal la NA-137 marcha encajonada en hermandad con el río Esca. A la carretera las verdes laderas le han dado un respiro, aunque la mano humana ha tenido algo que ver, sin embargo, el río, con su cabezonería y la ayuda de innumerables regatas que hasta él afluyen, no han cejado en su empeño en labrarse el camino. El Roncal recibe al viajero que viene de Burgui con el Esca en paralelo, subyugado entre muros para que no se desmadre, por lo menos mientras atraviesa el casco urbano.

En seguida, un puente salta el río en abrupta contorsión porque el núcleo principal de la población está a la izquierda, sólo los barrios del Castillo, a la entrada, y el de San Juan, a la salida, han desertado a la otra orilla. Entonces, la enjundia del pueblo se ha encaramado en ese lado, sobre una declinación que se deja caer hasta el Esca. Calles empedradas, balconadas de madera, fachadas de piedra y también de blanco inmaculado, se muestran en un laberíntico e intrincado callejero, estrecho, anárquico, seductor, al que dan color plantas floridas reclusas en sus maceteros.

El Roncal es pequeño, pero matón a la hora de embelesar al viajero. No hay rincón que no transporte a otro tiempo, que no robe miradas, aunque requiera el esfuerzo de trepar por sus callejas. Casi en lo más alto se ha aupado la iglesia de san Esteban, con aires de fortaleza. Las vistas que regala a todo aquel animoso que se haya atrevido a subir hacen olvidar los calambres en las piernas. Los pocos más de doscientos habitantes que de continuo tiene el lugar no pueden tener queja del entorno que les ha tocado y que han contribuido a perfeccionar.

La huella de Gayarre se deja ver por el pueblo. Tiene aquí su espectacular mausoleo, obra de su amigo el escultor Mariano Benlliure, también una casa museo y un busto en un parquecillo enfrente. Para el tenor, la tierra fue como la raíz que alimenta la vida. Aun alejado de ella y separado de su realidad, finalmente, su último deseo fue el del retorno eterno a lo que se es y pertenece.



A nosotros, embelesados, se nos ha pasado la mañana callejeando y haciendo un hambre directamente proporcional. Para socorrer nuestro mal, las gentes que atienden el bar-restaurante Errota han tenido la amabilidad de hacernos hueco, para comer en lo que era un antiguo molino, a la vera del río y desde cuya terraza se oyen pasar los peces. Que Dios se lo pague, y nosotros, en la parte que nos corresponde, también.


Con la panza llena y el depósito de gasolina igualmente lleno en Urzainqui, ponemos rumbo a Sada en plena siesta. Mala hora para volver sobre nuestros pasos vía Burgui, Navascués, Lumbier y Aibar, pero hay que aprovechar porque nos queda de camino. Pasado Aibar con dirección a Tafalla, un poco apartado a la derecha está Sada, que asimismo ha trepado por una pequeña ladera. Aquí cambia el paisaje, del verdor fulgurante del Pirineo al cromatismo ocre de la Navarra media, aunque ambas localidades compartan merindad.

Será porque es la hora de la novela o de la siesta, pero no se ve un alma en las calles de Sada, y es que, aunque pequeño, el pueblo tiene unos 130 habitantes, todos a resguardo. Rápidamente nos hemos percatado que la sustancia del lugar está en la parte alta, otra vez, pero para no meter la moto por callejuelas de difícil maniobra la dejamos descansar en la Plaza, junto a la fuente, así que de nuevo a escalar. En lo alto está la parroquia de San Vicente, con su torre cuadrangular, que deja entrever su antiguo carácter defensivo, no sabemos si contra moros o contra cristianos vecinos, pero poco queda ahora anterior al siglo XVI.

De todas formas, el conjunto que circunda la iglesia es de lo más bonito del pueblo, y desde aquí se obtienen unas vistas espectaculares del Val de Aibar. En esta contemplación hemos pasado el rato de la siesta y se nos ha echado encima el del retorno, pues ya va siendo hora, tras todo un día dedicado a subir cuestas coronadas por iglesias, y para colmo, después de tanto esfuerzo se nos ha olvidado comprar queso del Roncal de recuerdo.












viernes, 27 de junio de 2025

Romanzado

Andanza CXXXII: Romanzado, Valle de

Día: 19/01/2025

La inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando. Eso decía Pablo Picasso con mucha razón. A nosotros la inspiración nos asalta pocas veces trabajando, pero a veces lo hace inesperadamente y con designios inescrutables. Cuando nos metemos en canción buscando con qué documentar alguna de nuestras andanzas, como ésta, por ejemplo, hay ocasiones en las que, de repente, sin saber cómo ni por qué, nos brota del magín una idea un tanto extraña, cuya conexión con los lugares a los que nos toca visita hemos de encontrar y descifrar, porque a primera vista no parece tener ninguna. En la resolución de ese enigma estamos hoy, ante la complejidad de la ocurrencia tan sorprendente con que nos ha iluminado la inspiración.

La inspiración se ha empeñado en que el demonio meridiano tiene mucho que ver con el Romanzado, ese lugar al que hoy toca visita. Si la inspiración insiste, por algo será. Como no estamos muy puestos en teología, lo primero que nos viene a la memoria es el demonio meridiano de Umberto Eco, al que se refiere en El nombre de la rosa. A fray Guillermo de Baskerville, en su juventud, le asalta un demonio meridiano que es lascivo y sus tentaciones son las de la lujuria, ya que, aunque los votos monacales debían alejarlo de ese depósito de perdiciones que para un religioso es el cuerpo de la hembra, el dichoso demonio, aprovechando que la carga sagrada es demasiado gravosa para un novicio, lo hace sucumbir al pecado, incitándolo a revolcarse con una campesina en el pajar. Sin embargo, ya viejo, fray Guillermo reconoce que, si bien el demonio intenta ahora agitarlo con sus seducciones, conoce mil formas de no caer en sus redes, no obstante, no se alegra demasiado de ello, pues si los perversos susurros del denomino al oído no le alcanzan es, además, porque se está quedando sordo.

De todas formas, esta interpretación del proceder del demonio meridiano parecer ser que no se ajusta del todo a la realidad, que Umberto Eco imaginó un demonio meridiano a su medida, tirando a libidinoso en exceso, pues, en realidad, los teólogos serios se han ocupado muy poco del verdadero comportamiento de los demonios en general y de éste en particular. Los que verdaderamente parecen conocer el proceder de este diablo son los Padres del desierto, del que hacen mención en las primeras reglas por las que se regían y en los escritos monásticos de la Iglesia Oriental. El asceta Evagrio Póntico (345-399 d.C.), desde su retiro en el desierto de Nitria, en Egipto, vino a determinar que este ser infernal aflige a los varones que profesan la vida monacal, de más de cincuenta años, importunándolos durante las horas posteriores al mediodía, lo que coloquialmente se conoce como momento de la siesta.

En ese espacio de tiempo los monjes sienten una fortísima necesidad de holgarse en su celda, de colgar los hábitos, de desatender los rezos y la contemplación. Les sobreviene una suerte de hastío, sospechan que están perdiendo el tiempo y comienzan a dudar de todo lo que les rodea, incluso, de su vocación monacal, imaginan también lo bien que estarían en pantaloneta y chanclas a la orilla del mar. Evagrio llamó a esta sensación “acedia”, una sensación inducida por el demonio meridiano, también conocido como demonio del mediodía, porque tal desasosiego no ocurría en la oscuridad de la noche, en los momentos de agitación y angustia que las tinieblas conllevan, sino en pleno mediodía, en esas horas de sopor y de aletargamiento, en las cuales la mente se encuentra nublada por el calor.

Se trata, claro está, de un ardid demoniaco y porque ocurre precisamente cuando el sol está en lo más alto del horizonte, a su instigador le dan el nombre de demonio meridiano. A esa hora, cuando el sol aprieta con más fuerza, sin aire acondicionado y ni siquiera ventiladores, al monje le resulta difícil seguir rezando. El monje que sufre su acometida ya no siente el regocijo que debería sentir al cantar las alabanzas divinas, sino que se apodera de él la desidia y una terrible modorra que lo confunde. No debe extrañarnos, pues, que en esta situación sea presa fácil para cualquier tentación, incluso libidinosa, como sugirió Umberto Eco.

Sin embargo, los monjes cristianos, a lo largo de los siglos, han dispuesto de recursos para repeler a ese terrible diablo de la siesta. Para ello se han venido reuniendo siete veces al día a fin de entonar el oficio divino, de Maitines a Completas, que distribuyen los 150 salmos bíblicos en los siete días de cada semana. O sea, que una vez cada semana, y precisamente los miércoles después de la puesta del sol, recitan el salmo XC, en el que piden al Señor que les guarde “ab incursione daemonio meridiano” (de la incursión del demonio meridiano). Que el salmo sea efectivo o no, no está del todo claro. Parece ser que en invierno el poder de esta liturgia es mayor, sin embargo, en verano, con el calor, su fuerza paliativa cae bajo mínimos.

La verdad es que nos ha costado discernir qué relación tiene el demonio meridiano con el Romanzado. ¿Cómo puede ser que un demonio cuyos poderes son efectivos con calor y a la hora de la siesta o, en todo caso, induce al pecado de la carne, si hacemos caso a Umberto Eco, pueda relacionarse con el Romanzado en un día como hoy, 19 de enero, que cuando hemos asomado el morro a la calle estábamos a un grado bajo cero? Pues relación la hay, aunque cueste encontrarla.

Nos ha venido a la memoria que allá por el año 2020, el 20 de abril en concreto, cuando sustanciábamos la Andanza CXII, correspondiente al Distrito de Metauten, traíamos a colación el infierno de Dante. El poeta florentino sí que tenía una sólida formación teológica, y decía que la acedia es una debilidad en el amor universal al bien y es por ello que era un pecado propio de los indolentes, con los que el poeta se encuentra en su visita al infierno, castigados con picaduras de abejas y avispas y llenos de gusanos que les sorbían los jugos.

La acedia es, pues, desfallecimiento de la voluntad, falta de empuje, es sinónimo de pereza, por lo tanto, lo que le ocurre a quien se encuentra sometido al maléfico influjo del demonio meridiano es que se aburre. Al igual que el monje rezando a la hora de la siesta, extrapolado, el hombre maduro, que está perfectamente instalado en su vida, descubre, de pronto, que ya no le produce alegría lo que está haciendo y que le horroriza la perspectiva de seguir haciéndolo indefinidamente. Para el monje la tentación puede tomar figura de mujer o de efebo, según Umberto Eco, pero, en definitiva, su raíz se llama aburrimiento.

¡Rediós, ahí está el vínculo! Si la tentación de la madurez es el aburrimiento por lo repetitivo, en nuestro caso, al menos hoy con la visita al Romanzado, el demonio meridiano no nos ha podido tentar, y no lo ha hecho porque el Romanzado no admite desfallecimiento de la voluntad, ni hemos necesitado recitar el salmo XC para espantar al tentador, ya que, en este caso, hay incentivos de sobra contra el aburrimiento. Es el Romanzado un valle un tanto desconocido, apartado y un poco olvidado, partido en dos por el río Salazar, surcado por cañadas de ovejas que bajaban del Pirineo, con parajes naturales tan espectaculares como la Foz de Arbaiun, pero también despoblado.

El Romanzado se ubica en la merindad de Sangüesa, en la comarca de Lumbier y a unos 45 kilómetros al sureste de Pamplona. Por esa despoblación que referíamos, le quedan alrededor de 190 habitantes, desperdigados por los diversos lugares que integran el valle, aunque en alguno de ellos ya no queda ni el gato. Son estos lugares los siguientes y en este orden los hemos visitado: Arboniés, Murillo-Berroya, Berroya, Domeño, Adansa (el gato emigró hace tiempo), Usún, Orradre (el gato está haciendo las maletas), Napal, Iso (hace mucho tiempo ya que el gato se marchó con sus bártulos) y Bigüézal.

Decíamos antes que la mañana está fresca, tan fresca que el demonio meridiano está aletargado mientras accedemos desde Lumbier por la NA-178 a los dominios del Romanzado. Antes de llegar a Domeño, a la izquierda, sale una carreterita estrechita que deja Arboniés a la izquierda. Arboniés es toda una capital, el segundo pueblo más habitado del valle, no llega a los 50 habitantes los fines de semana, entre semana el gato y poco más. Tras visitar la casa de san Esteban en su altillo, continuamos internándonos hacia la falda de la sierra de Idokorri por la misma carreterita, que es aceptable hasta Murillo-Berroya, otro pequeño lugar en vías de extinción. De Murillo en adelante la carretera se transforma en camino carretero hasta Berroya, poco más que una granja en la que muere el camino y que tiene una iglesia a la que le han hecho la cirugía estética.

De Berroya hemos de volver sobre nuestros pasos para retomar la NA-178, que nos lleva a Domeño en unos pocos metros. Domeño es la capital, tuvo hasta restaurante de cuyas excelencias en alguna andanza anterior ya dimos cuenta, pero cerró hace tiempo para calamidad de los viajeros. Domeño es un lugar despejado, que aún conserva alguna casa entrada en años, pero donde también se han construido unos cuantos unifamiliares que le dan cierto aire de modernidad. De lo antiguo queda la iglesia de la Purificación, de traza protogótica y elevada sobre un podio con escalinata. A algún lumbreras se le ocurrió añadirle un pórtico columnado de hormigón, que es más feo que pegarle a un padre.

Desde Domeño arranca otra carreterita que se llama NA-2161 y que conduce hasta Usún, pero antes, a la derecha, sale un camino hacia el despoblado de Adansa, como el camino es de tierra y allí no hay gato que valga, vemos las ruinas de la iglesia de san Juan Bautista en la lejanía y continuamos hasta Usún. Usún ya es otra cosa, aunque sus 18 habitantes no dan para mucho, se ve que hay cierta vidilla. Estimula mucho su entorno rústico y selvático, y la existencia de una bonita casa rural y de un club hípico, así como la proximidad del río Salazar a la hora de dar paseos.

Hemos de retomar de nuevo la NA-178 en Domeño para continuar dirección Navascués, pero antes de comenzar a subir el Alto de Iso, a la entrada de una curva en las que hay que frenar fuerte, sale otra carretera en la que mal se cruzan dos motos, y sube y sube, y te lleva hasta Orradre, lugar también camino de la extinción, aunque puede que se haya extinguido ya. Bonitas ruinas melancólicas en un placentero paraje, pero hay vida más allá, aunque poca. Más allá y más arriba está Napal, pero... ¡cuidado! La carreterita se las trae y está helada en las curvas sombrías, así que llegamos al lugar con mucho tiento. Dicen que tiene seis habitantes, y así debe ser porque alguna casa nueva se ve, aparte de las de toda la vida y ruinas, y vehículos aparcados también, bueno uno sí. Quien viva de continuo en este sitio goza de la paz celestial, pues no hay nada más allá, ni falta que hace. A quien sí le haría falta algún feligrés que otro es a la Purificación de aquí arriba, pues su parroquia anda un poco desangelada y algún desaprensivo se ha dedicado a amontonar leña por los alrededores, con poco temor de Dios.

Vuelta para atrás y para abajo hasta tomar de nuevo la NA-178. Seguidamente subimos el puerto de Iso hasta llegar al lugar del mismo nombre, dejando a la derecha la Foz de Arbaiun, llena de domingueros. En Iso sólo queda una casa con tejado, si bien, de habitar alguien allí, debe ser algún fantasma. El resto está en ruinas y sin techumbres. Hasta san Fructuoso, sin encomendarse a Dios ni al Diablo, puso pies en polvorosa previamente a que se le viniera encima el tejado de su iglesia. En esto anduvo vivo el santo.

Ahora toca bajar el puerto con unas espectaculares vistas de paisaje prepirenaico y antes de internarse en el desfiladero por el que corren paralelos la carretera y el río Salazar camino de Navascués, hay que desviarse a la derecha y empezar a curvear cuesta arriba, tanto que casi da vértigo, y a 810 metros sobre el nivel del mar, allí está Bigüézal. El lugar es el más poblado del Romanzado, pasa de los 50 habitantes, muy animosos todos para habitar donde habitan, que antes de que se inventaran los coches era algo así como el culo del mundo, pero eso les importa poco a sus moradores mientras disfrutan de su privilegiado entorno.

Bigüézal es un pueblo cuidado que, a pesar de estar donde está, o precisamente por eso, ha atraído a su redil a gentes foráneas, llegadas con la idea de sustraer a los naturales parte de su goce, aunque, ciertamente, hay para todos. Tiene como tres calles principales, su plaza, su iglesia y su ermita, y tiene un bar-sociedad en el que, gracias a la amabilidad de sus socios, hemos podido salvar la vida, llegando allí sedientos y hambrientos, porque después de recorrer todo el Romanzado este es el único sitio encontrado donde aliviar estas necesidades.




En la terraza de la sociedad de Bigüézal, al sol de enero, damos por terminada la visita al Romanzado y, además, a tiempo, antes de que el demonio meridiano intente atentar de nuevo contra nuestra voluntad. Sin embargo, es muy probable que dentro de un rato, a la hora de la siesta, ese demonio insista en inocularnos el sopor y el desmayo del ánimo, y seguramente lo conseguirá, pero estando ya en casa no hay miedo.